
Una lección nunca empieza con un algoritmo. Empieza con una conversación: con mayores, maestros y hablantes que deciden juntos qué importa y cómo debe decirse.
El audio lo graban miembros de la comunidad, no se sintetiza, para que quien aprende escuche el ritmo y la calidez reales de la lengua. Las notas culturales las escriben quienes viven ese contexto cada día.
Nada se publica sin la revisión de la comunidad. Es más lento, y ese es el punto: la precisión y el respeto van antes que la rapidez.